La llanura manchega engaña. En el casco histórico de Albacete nos topamos con rellenos antrópicos de más de tres metros, mientras que en el ensanche norte, hacia el Paseo de la Cuba, aflora un tapiz de costra caliza y arcillas expansivas. Esa variabilidad en menos de dos kilómetros obliga a replantear cualquier cálculo de cimentación superficial. Para obra nueva en el polígono de Campollano, donde las naves industriales transmiten cargas puntuales altas, la solución recurrente es transferir la carga a estratos competentes mediante pilotes. Hacerlo sin un perfil geotécnico claro es un riesgo innecesario. Por eso, antes de definir diámetro o longitud de fuste, hay que bajar al terreno. Un ensayo CPT nos da la resistencia por punta y fricción en continuo, ideal para detectar lentejones blandos bajo la primera capa dura. El equipo técnico cruza esa información con sondeos mecánicos para no dejar cabos sueltos.
En Albacete, la capacidad portante de un pilote cambia radicalmente al pasar de la costra caliza al limo arenoso. Esa transición define el diseño.



