La expansión de Albacete hacia los sectores del Plan General de Ordenación Municipal, sobre un subsuelo que alterna calizas del Páramo y depósitos cuaternarios, ha multiplicado la demanda de un control riguroso de materiales granulares. Cada árido que llega a una central de hormigonado o cada tongada de zahorra en los nuevos viales industriales de Campollano exige una trazabilidad que empieza por el análisis granulométrico. La curva de distribución de partículas determina desde la trabajabilidad del hormigón hasta la capacidad portante de una subbase. Para perfiles en los que las arcillas rojas de descalcificación ganan protagonismo, complementamos el tamizado con el ensayo de hidrómetro, alcanzando la fracción fina que puede condicionar la estabilidad de una zapata o la respuesta ante ciclos hielo-deshielo, tan relevantes en el invierno manchego.
El huso granulométrico es la primera firma de un árido: define si la mezcla será densa y estable o un punto débil en la estructura de la obra.



